martes, 2 de octubre de 2012

Me he metido una almohada en el ojo.


Eran las 10:00 según el horario de Venus, las 4:33 según la Tierra, las 3:33 según Alf y otros seres con la piel achocolatada. El planeta y la física general parecían seguir su curso de forma normal, y tan solo una pequeña luz en el horizonte hacía parecer que fuese a desencadenarse una serie de sucesos absolutamente catastróficos.

Yo, desde la inocencia de la ignorancia, dormía plácidamente mientras, posiblemente, cientos de personas se masturbaban en el mundo y otras muchas pensaban en cuan pequeña es la cavidad anal de su pareja y cuan enorme su miembro. Estas últimas, posiblemente, poco después de ejercer su función como seres pensantes, acabasen descubriendo la saliva, el lubricante, o los desgarros anales.

Pero ese no es el caso que nos ocupa. Nuestro relato se centra en el pequeño habitáculo en el cual mis cojones, acompañados de mi cuerpo, descansaban después de un largo día lleno de emociones.

Poco después de que un suave ronquido de alguien que aún no acabo de comprender quién era, ni que hacía ahí, mis ojos empezaron a abrirse como quien abre una lata de atún del Mercadona. Y en ese preciso momento, los que también parecía que iban a abrirse sin avisar, eran mis esfínteres.

Ante tal súbito suceso, me levanté, raudo, buscando un baño que no sabía donde estaba, porque, al contrario de lo que sería lógico, aquella no era mi casa. Tras mucho buscar y encender luces aleatoriamente, me adentré en un lavabo oscuro, sucio y posiblemente infectado de VIH. Lo primero que hice al llegar, como haría cualquier persona, fue comprobar si el agua de la cisterna giraba en el sentido correcto. Como sabréis, si gira al revés de las agujas del reloj de Venus, lo más posible es que por la fuerza gravitatoria de las antípodas, una especie de ente os absorba a través del váter, y aperzcáis en el culo de algún incauto australiano.

Después de comprobar que, efectivamente, todo estaba en su sitio, me dispuse a efectuar la cagada más épica que podría cagar una persona. Y así fue. Mierda. Mierda. Muchísima mierda salía disparada de mi ojete como si mi intestino midiese lo mismo que el viejo circuito de Nürburgring. Poco a poco, empezaba a doler, escocer e incluso a ser placentero de cierto modo masoquista a la par que placentero.

Pero, amigos, lo peor aún estaba por llegar. Como si de repente el habitáculo se hubiese teleportado
hasta el mismísimo Sahara (teoría que aún no descarto), empecé a sentir un calor que no sentía desde la vez que se me ocurrió calentar mi dormitorio prendiéndole fuego. Esa sensación empezaba a hacer que mi mente se fuese por derroteros inescrutables al ojo humano, llevándome a ciertos niveles de conciencia solo alcanzables por las drogas más duras o por la muerte. Pero sobretodo, hacía que me marease. Me marease mucho. Tanto, que de repente, mi cuerpo empezó a perder la estabilidad y se desplomó hacia el lado derecho, donde se encontraba la bañera.

Dentro de ese precioso rectángulo del higiene, patas arriba y pensando en que los calvos eran calvos
por inercia; mis esfínteres no parecían haberse enterado de mi caída, con lo cual seguía cagándome dentro de la bañera. Pero ahora ya no era mierda. Ahora eran chorros catapultados con la potencia de un trueno. Chorros que empezaron a alcanzar el techo, las paredes, e incluso mi propia espalda.

Ante esa sutil desgracia, como era lógico, intenté levantarme. Pero nuevamente, mi ojete seguía sin
interpretar su repentina elevación como una señal de "ciérrate, sésamo". Así que, aún de pie, seguía
expulsando heces a tal velocidad que de no ser por mi exagerado peso, podría haberme elevado y flotado con mi culo a reacción.

Como la estrategia de dominar a la mierda no había sido efectiva, con todo el baño lleno de un suave
líquido marrón, cuando ya no manchaba el baño, si no que defecaba encima de más mierda, creando una especie de emparedado con mierda por debajo, mierda en el medio, y mierda por encima; decidí dejar fluir la naturalidad de la evacuación y me senté en el trono de la sabiduría.

Pero, !oh!, sin saber como, debido a la exagerada pérdida de líquido, empecé a desmayarme, pero para que no me pasara algo normal, en vez de hacerlo, me quedé en un estado de trance, en el que mis sentidos se habían alterado por completo. No veía. Nada. Estaba todo más negro que los cojones de un grillo. Pero, sin embargo, mi oído se había agudizado, y oía a lo lejos "AAAAAH JODEEEER QUE AAAASCO", lo que me hacía suponer que en mi odisea de movimiento propulsado a través de las heces, alguien (aún no sé quien) había entrado en el recinto y había vislumbrado aquella oda a la digestión.

Acongojado por haberme convertido en una especie de EARMAN, a LIGHTSPEED me dirigí, a tientas, hacia el sofá más cercano. Mientras, seguía pensando en como sería mi vida ahora que no vería. Realmente, lo único que me preocupaba, era ascortarme con una macrofea sin tener ninguna posibilidad de darme cuenta.

Así que, ya tumbado, se me ocurrió la solución definitiva para recuperar la vista. Meterme la punta de
la almohada en los ojos.

Y no, no funcionó, pero me morí de dolor y minutos después recuperé la visión de modo natural.

1 comentario:

  1. aqui cerebro diciendo hola a yono por inagurar el blog de rick con la primera entrada que no he leido porque es muy larga

    ResponderEliminar